sábado, 5 de abril de 2008

Mi tatarabuelo Pedro





Hoy me gustaría hablar aquí de mi tatarabuelo Pedro.
Se llamaba Pedro Pérez Gómez y había nacido en 1854 en Amusco, un pueblo de la provincia de Palencia.
Nada sé de su infancia ni de su familia, la mía, pues quien me contó su historia nunca se paró en esos detalles. Fue mi abuelo quien me habló de su abuelo Pedro.
Por mi abuelo supe que Pedro Pérez Gómez, a la edad de 19 años, se enroló en las filas del Pretendiente al trono español don Carlos María de Borbón y Austria, Carlos VII, que entró por Vera de Bidasoa ese mismo año sublevando a todos los partidarios de su causa, los llamados “carlistas”. Mi tatarabuelo era de uno de ellos.
Había estallado “La tercera guerra carlista”. El ejército del Pretendiente al Trono de España operó principalmente por el País Vasco y Navarra, y hacia allá marcho Pedro. Marcho con otros once de Amusco.
Todos ellos fueron incorporados a los Batallones Castellanos. A Pedro le destinaron a fusilería. Participó con valor en las batallas de Lácar, Condado de Treviño, Lorca, Albázuza (donde murió el general Concha) y Peñaplata. Ésta fue la última operación militar.
Antes de acabar la guerra en 1876, siendo ya cabo, fue incorporado a la Banda de Música pues había aprendido a tocar el bombardino en las trincheras.
Tras la derrota de Peñaplata, los restos del ejército carlista (en los que iba Pedro) cruzaron la frontera francesa también por Vera de Bidasoa. Eran 20.000 soldados derrotados que rompieron sus fusiles y arrojaron los cañones a ese río para que no cayeran en manos de los Isabelinos.
Mi tatarabuelo oyó decir a don Carlos: “Volveré”. Pero nunca volvió.
El exilio fue duro. Trabajó para ganarse la vida en Limoges y Burdeos. Por eso, cuando pudo volver, todo el mundo en el pueblo le llamaba “Burdeos”. Hablaba francés perfectamente.
En 1877 Alfoso XII amnistió a los sublevados permitiéndolos volver. Entonces, Carlos de Borbón los reunió a todos y se despidió de ellos. Contaba mi abuelo que el Pretendiente les dio “un duro”, de aquellos enormes de plata, para que pudieran regresar. Y, efectivamente, así fue.
Pedro volvió a pie. Y hasta llegar a su pueblo necesitó el auxilio de las villas y lugares que lo acogían: Contaba que solían darle “tres reales de vellón”.
Como les ocurre a todos los perdedores, la historia le olvidó. Le olvidó hasta que en 1938, por los motivos que fuesen y que no vamos a valorar aquí, un Decreto de 9 de Marzo de 1938, cuando contaba con 84 años, reconocía su participación en “Las Cruzadas Carlistas” (así reza el Decreto) y otorgaba la graduación de Teniente (honorario) a todos los veteranos sobrevivientes de aquella guerra romántica. Al año siguiente, en Mayo de 1939, los mandamases del Régimen le hicieron un homenaje público, aunque los carlistas de 1873 no eran ya los mismos en 1939.
Guardo la boina roja de mi tatarabuelo, con las dos estrellas de oro… Las borlas creo que se perdieron.
Guardo un Diario Palentino de 1939, donde se cuenta toda su historia…
Guardo el Título original de Teniente Honorario del Ejército Español…
Y nada más.
(Dedicado a mi abuelo Constantino)