jueves, 20 de junio de 2013

MUVI´S

No, no se trata del título de una película ni es el último libro de Reverte. MUVI o, cariñosamente, las MUVIs es un acrónimo que significa MUJERES UNIDAS DE VILLALPANDO, una asociación cultural que lleva 23 años en funcionamiento, organizando -entre otras cosas- una semana cultural en vísperas de las Ferias de la Madera en la que yo, esta vez, he tenido el honor de participar como ponente o conferenciante. Mi exposición llevaba por título "Apuntes históricos villalpandinos". Y con tal enunciado ya todo el mundo sabrá de qué iba mi charla (es que la historia de mi pueblo me pierde...).
Ciertamente, la primera sorpresa me la llevé tras comprobar que la sala se había quedado pequeña, bastante antes de dar comienzo la charla. Y la segunda sorpresa, mayor que la primera, cuando me di cuenta que a la inmensa mayoría de las asistentes (también había hombres, pero menos) les interesaba cuanto yo decía.  Escuchándome con atención y hasta con devoción estuvieron las señoras de Villalpando. Hasta me hicieron preguntas. Digo señoras porque, salvo contadas excepciones casaderas, no había estudiantes: supongo que a las y los estudiantes de Villalpando no les interesaba el tema pues todas y todos ellos ya se saben al dedillo la historia de su pueblo y, por supuesto, la historia de España, materia en la que -estoy seguro- son auténticos sabios doctores pues no hay más que vivir en frente al Instituto Tierra de Campos -como vive un servidor- para comprobar a diario el elevadísimo nivel cultural que rezuma dicha casa del saber y, sobre todo, la buena educación de sus alumnos.
Volviendo a las MUVI´S, diré que son un ejemplo a seguir y un espejo en el que mirarse. Organizan mil y una actividades para cultivarse y entretenerse durante los largos meses de nuestro invierno estepario, y lo hacen de forma puramente altruista, sin otro interés que la propia superación personal. Y eso, en los tiempos que corren, hay que reconocer que
vale mucho. Por ello, deseo a estas mujeres de Villalpando, a las MUVI´S, una larga y fructífera singladura. Por lo menos, otros veintitrés años más.
Enhorabuena y feliz cumpleaños, chicas.
Fernando Cartón.

jueves, 25 de abril de 2013

La Logística Invencible

Uno de los libros que me han servido de guía y fuente de documentación para la novela que me traigo entre manos es la obra cuya portada aparece escaneada en este artículo. Aunque ya he dicho en otras ocasiones que mi novela no va de barcos ni de batallas navales -cuestiones en las que soy totalmente profano-, ambientada como está en la época y episodio de la Armada Invencible, ciertamente, necesitaba, si no dominar, sí, al menos, controlar con algo de soltura ciertas cuestiones relativas, entre otras cosas, a los preparativos y logística que hicieron posible el embarque de más de 30.000 hombres en el puerto de Lisboa, a finales del mes de mayo de 1588. Sólo así, contando con una mediana base histórica adquirida por el estudio es posible que los personajes -reales y ficticios- se muevan por las coordenadas del espacio y del tiempo sin faltar a la verdad y, sobre todo, sin hacer el ridículo.
Si bien es cierto que al artífice de la empresa de Inglaterra (Felipe II) se le tachado de oscuro -cuando no de oscurantista-, de burócrata -cuando no de chupatintas- o de irresponsable -cuando no de iluminado-, y aunque tales sambenitos colgados desde hace siglos del real cuello de monarca tan respetable puedan obedecer a ciertos aspectos constatados en la personalidad del Austria, no es menos cierto que tales características han sido exacerbadas hasta la hipérbole por una interpretación -en la mayor parte de las veces- interesada, muy interesada, de la Historia. Una Historia, mejor dicho, una versión de la Historia que se ha contado y ha sido escrita -con tinta muy negra- allende nuestras fronteras, y nosotros, Quijotes como de costumbre, nos la hemos creído, pues, entre otras cosas, siempre pensamos que es mejor y más veraz lo que viene de afuera.
Lo cierto es que hasta el reinado de Felipe II y, tras la muerte de éste, durante varios siglos después, la Invencible fue la mayor operación militar naval (anfibia, diría yo) con carácter coordinado que el ser humano ha conocido. Y si bien su resultado no puede tomarse como un éxito, tampoco es exactamente un fracaso. Me explico: Si el objetivo  de la Invencible era la escolta y traslado del ejército de Flandes, con Alejandro Farnesio a la cabeza, a suelo inglés para obligar a Isabel I, la reina virgen, a capitular o, cuando menos, a negociar una rendición honrosa, al no conseguirse ese objetivo sí puede hablarse de victoria inglesa. Pero si tenemos en cuenta que sólo media docena de barcos (del más del centenar que partieron de Lisboa) fueron hundidos como consecuencia de las acciones de guerra de los barcos ingleses (el resto, hasta una treintena, embarrancaron en bancos de arena, se estrellaron contra los acantilados, zozobraron por las tormentas...), entonces, mal podemos hablar de una derrota infligida por el inglés a la armada española. De hecho, hasta pasado bastante tiempo, los ingleses no fueron conscientes de lo que había sucedido y mantuvieron embarcadas sus tropas en los barcos, anclados en puerto, por si los españoles volvían y porque -se ha dicho- tampoco había dinero para pagar sus soldadas. Por causa del hacinamiento sufrido, la soldadesca inglesa padeció un número de bajas prácticamente equiparable al sufrido en las filas hispanas durante toda la contienda. Esta es una realidad reconocida, incluso, por los propios historiadores ingleses.
Volviendo a la logística y al libro de Ricardo Hernández y Javier Cordero, es de destacar la increíble, impensable y exquisita coordinación y previsión de todo tipo de contingencias  por parte de quienes llevaron a sus espaldas el peso de esta empresa, principalmente, don Álvaro de Bazán (Marqués de Santa Cruz) quien de no haber fallecido pocos meses antes de hacerse la flota a la mar (febrero de 1588), otro gallo nos habría cantado y, probablemente, ahora estaríamos viviendo de las rentas. Existen múltiples documentos que detallan con minuciosidad pasmosa los bastimentos que fueron acopiándose en los muelles de Lisboa durante los meses previos a la partida. Y desde las lógicas armas, pólvora, municiones, cañonería etc que emplearían los infantes de marina, se describen los quintales de cebada para las caballerías que se embarcaron, los capones vivos, las cabezas de ajo, las arrobas de aceite de oliva, los azumbres de vino y tantas otras viandas y alimentos que sirvieran de sostén a los estómagos siempre hambrientos de la tropa, clérigos, oficialidad, caballeros aventureros y nobles señores que, como era de rigor, solían viajar con su propio servicio.
Para conseguir tanta variedad y tanta cantidad de impedimenta y productos, se diseñó una red de veedores que a lo largo de toda la geografía hispana (y europea) compraba -la mayor parte de las veces- o requisaba -en ocasiones- para su majestad don Felipe II cosechas enteras de cereal en Andalucía, importaba cañones de Alemania (¡y hasta alguno de la propia Inglaterra!), arcabuces y mosquetes de Italia... Uno de estos veedores, quizás el más ilustre, fue el mismo Miguel de Cervantes Saavedra.
Esta logística de la que estamos hablando debía sufrir su prueba de fuego cuando las dos partes del ejército de invasión (una, la flota que salió de Lisboa, con 30.000 soldados y, otra, el ejército de Flandes, a las órdenes de Alejandro Farnesio) contactaran y la primera apoyara a la segunda en el paso del estrecho. Para estar preparado, Farnesio ordenó diversos ensayos generales de embarque de personal y pertrechos en las pequeñas lanchas y embarcaciones que servirían para cruzar el canal. La rapidez y organización con que el ejército de Flandes ejecutó dicha maniobra es digna de toda alabanza.
Por no cansar más, sólo diré, para concluir y dejando otras cuestiones para otros artículos venideros, que de no haber existido una preparación exhaustiva y diseñada casi a la perfección, el desastre de la Invencible habría sido, sí, un desastre auténtico y en toda regla, tan grande como el que un año después, en 1589 sufrió la llamada "Invencible Inglesa" que, prometiéndoselas muy felices, vino a nuestras costas a por leña y salió trasquilada. Pero de esa grave derrota sufrida por Inglaterra en 1589 nadie habla ni nadie sabe nada. Algún día me referiré a ella.
Fernando Cartón Sancho.
P.D.: Quiero dedicar estos pequeños apuntes al que fuera mi profesor de Historia, el Hermano Francisco Ruiz, de quien escuché por primera vez la historia revisada de la Invencible. Aunque ya lo he dicho otras veces, no me cansaré de repetir que a él le debo mi espíritu crítico.

domingo, 31 de marzo de 2013

Capítulo IX

Real de a ocho

Mi buen amigo Pablo me preguntaba esta misma mañana por la próxima actualización de este blog. En tono cariñoso me llamaba la atención por el tiempo que llevo sin publicar ningún artículo y me recordaba que él se desayuna cada jornada con la prensa diaria y con la visita a éste y algún que otro cuaderno virtual de los que Villalpando es telón de fondo.
Pues bien, amigo Pablo, como ya te comenté a ti personalmente en mitad de nuestra querida Plaza Mayor, vuelvo a decir aquí ahora para aquellos que me siguen –no sin antes pedir disculpas por mis ausencias- que el motivo de tanta escasez no es otro que el haberme concentrado en cuerpo y alma en ese proyecto que me traigo entre manos desde –va a hacer ahora- tres años: mi novela. Una novela que tendría que tener ya terminada y que no lo está por causa de mis múltiples obligaciones profesionales y familiares, así como por otras aficiones dejadas también un poco de lado pero que no quiero ni debo abandonar del todo.
Por último, decirte a ti, Pablo, y a todos los que me seguís que confiéis en mí, como siempre habéis hecho, pues muy pronto os daré la buena nueva de que ese proyecto ha quedado, por fin, terminado. Por ahora baste dejar aquí las líneas que siguen a continuación. Por cierto, me queda lo más difícil: encontrar un título.


Capítulo IX del Libro II

Segundo Costales había aparecido muerto en su propia casa. Lo encontró su vecina de toda la vida, Benita la Lenteja, al extrañarse de que la mula relinchara inquieta durante varios días. Benita conocía a Costales desde niño y por una confusa relación de vecindad que a menudo solía transformarse en  afecto y amor de madre, sabía con todo lujo de detalles de su intención de asentarse en las Indias. No en vano, la Benita fue una de las pocas personas que le habían animado a hacerlo, a venderlo todo y a emprender una vida libre en el Nuevo Mundo. Ahora que eres joven y tienes oportunidad, solía decirle la Benita.
Como conocía bien la casa del vecino y ella era tan pequeña o, mejor dicho, tan insignificante –por eso la llamaban la Lenteja- no tuvo dificultades para colarse en el interior de la cuadra, justo en la parte baja de la casa. Observó la pesebrera lamida como si la hubieran fregado con estopa, lo cual le hizo suponer que la acémila llevaba varios días sin probar bocado. Quiso comprobarlo echándola un poco de cebada y paja y, efectivamente, La Lenteja no se equivocaba: El animal introdujo su hocico de manera nerviosa y comió con fruición hasta agotar el último grano.
No era normal que Costales, un jovenzuelo con sobrada fama de responsable y cabal, decidiera marcharse sin su mula abandonándola de semejante manera. Ni era normal, pensaba La Lenteja, que se hubiera ido sin despedirse, al menos de ella, a quien tanto cariño había mostrado desde siempre. Por eso subió las escaleras y entró en la casa.
―¡Segundo, Segundo! ―lo llamó a voces.
Pero nadie respondía.
La casa, con los cuarterones echados, se había quedado en penumbra y olía a rancio por falta de ventilación. De forma totalmente intuitiva, se dirigió desde  la puerta hacia las ventanas que dan al corral, para abrirlas, pero tropezó con algo que no tendría que haber estado en el suelo y, como un fardo, cayó de bruces sobre la tarima. La Benita, aunque ya tenía sus años, se incorporó de un brinco, prácticamente a ciegas, con la agilidad de los gatos sin dueño. Ese impulso que tomó le sirvió para alcanzar con muy poco esfuerzo los cerrojos de las contraventanas y, al abrirlas, la sala se iluminó.
Resulta que allí tendido, en medio de una enorme mancha negra que teñía el entablado, con los ojos aún abiertos y el vientre reventón, estaba tirado, aparentemente sin vida, el cuerpo de Segundo Costales. A Benita sólo le dio tiempo a gritar. Corrió hacia la puerta saltando por encima del cadáver, con el que casi tropieza de nuevo; dio un traspié -por las prisas- en los últimos peldaños y volvió a caer al suelo, esta vez sobre los cagajones de la mula, pero se levantó enseguida con ese gesto felino tan suyo para atravesar las rendijas del portón como si estuviera hecha de viento, completamente presa del pánico.
Ya en la calle, la Benita gritó como una loca sin saber muy bien si debía pedir la ayuda de un galeno, de un cura o de los corchetes del corregidor. El caso es que gritó y gritó hasta quedarse afónica y no tardó en formarse un remolino de gente a su alrededor entre la que se distinguía la sotana de un capellán, el birrete de un médico y las capas negras de dos corchetes de su majestad, pero ni unos ni otros pudieron hacer nada por Costales.
―Lleva muerto varios días ―dijo el médico.
―¡Que Dios se apiade de su alma! ―añadió el cura.
Y uno de los corchetes, el que parecía tener el mando, al percatarse del evidente desorden reinante en la sala, terció:
―Parece que lo han matado para robarle.
―Acababa de vender su heredad por diez mil reales… ―quiso corroborar la Benita.
En ese instante, todas las miradas se volvieron hacia ella y no tuvo más remedio que relatar a los dos representantes de la justicia del rey todo cuanto sabía acerca de las intenciones del joven Costales, a quien nadie se había atrevido a tocar, ni siquiera el médico.
A Segundo Costales lo enterraron al día siguiente, en la misma fosa común donde ya descansaban su padre y su madre. El sepelio fue sufragado por el concejo con cargo a lo que se obtuvo más tarde de la venta de la casa y de la mula porque, ni que decir tiene, los diez mil reales en piezas de a ocho nunca aparecieron.
Bueno, en realidad, sí aparecieron:
Después de que tuvieran lugar todas aquellas firmas cuando la compra de las tierras, Francisco Nogales pensó que diez mil reales era demasiado dinero para cualquiera, sobre todo para aquel mocoso de Costales que, para colmo, se marchaba a América. ¿Para qué querría tanto dinero en la tierra de la abundancia? Pensaba el Paquillo que no tendría ocasión de necesitarlo. Y claro, para ayudarle a andar más ligero, para aliviarle de tan pesada carga, para eso estaba él, Francisco Nogales, absolutamente dispuesto a dejarle sin un solo ochavo.
Nogales salió a caballo tras los pasos de Segundo el día de las firmas. Lo siguió de lejos sabedor de que por esa prudencia que le caracterizaba no haría alto alguno en el camino sino que, sin escalas, marcharía directo a su casa para guardar enseguida toda la plata que llevaba encima. A pesar del trayecto, ni por un momento dudó de aquella idea que se le había venido a la cabeza cuando vio cómo la Pepa ponía en sus manos las veinticinco bolsas de cincuenta piezas de a ocho cada una. Enseguida pensó que no sería difícil arrebatárselas al mequetrefe de Costales que ni por edad ni por estatura tenía dos guantazos, en caso de ponerse chulo. Aunque –seguía cavilando el Paco- para evitar problemas con la Justicia, sería mejor robarle sin ser visto, como había hecho desde niño, en un descuido, así no habría denuncias que lo acusaran y que lo acabaran llevando a probar el potro de las mazmorras del castillo. Se decía que quien probaba el potro acababa confesando los crímenes propios y los ajenos, cualquier cosa que el verdugo quisiera… Pero la visión del potro no le retuvo ni por un instante. Más bien, pasó de largo por su sesera, cegada completamente por el brillo nocturno de la plata y el tintineo de las piezas de a ocho cuando chocan entre sí en la faltriquera.
Así pues, decidió que lo mejor sería apostarse en la taberna de la calle Claveles y esperar a que el pájaro saliera del nido. Se sentó en la mesa de la ventana, pidió una jarra de clarete y, como si estuviera de guardia, fijó los ojos en el portón de la casa de Costales sin pestañear, ni siquiera entre sorbo y sorbo. Bien sabía el Paco que su víctima vivía sola en una casa pequeña, fácil de registrar, en la que, a un granuja como él, no le iba a resultar difícil abrirse paso. Pero Costales tardó en salir y a la primera jarra de clarete le sucedió otra de tinto de Toro, con mucho más cuerpo, que le dejó seca la boca y le hizo demandar una tercera de blanco. Como era más que hora de comer pidió un plato de lo que en ese día se cocinaba en la taberna pero, con el vientre repleto de tanto líquido, apenas sí llegó a probar algo de pan pringado en el caldo de unos garbanzos con costillas. Notó enseguida que los párpados le pesaban. Será el vino, pensó mientras sonaban por sorpresa cinco campanadas en la iglesia de San Pedro. Los cinco repiques sonaron tan cerca que le amartillaron el alma y lo sacaron del limbo sestero en el que se veía flotando. Pero no le dio tiempo a luchar contra la modorra pues el portón de la casa que vigilaba por fin se abrió y de esa puerta salió el mismo Costales quien, después de mirar a ambos lados, dio dos vueltas a la llave y se alejó caminando hasta desaparecer. Francisco Nogales decidió que ese era el momento.
No le costó demasiado esfuerzo saltar la tapia del corral. Ni tenía demasiada altura ni, en caso de haberla tenido, tal obstáculo le habría supuesto valladar pues ya eran muchas las tapias que había saltado y en ese trabajo se había convertido, a base de práctica, en un consumado experto. Desde el corral se introdujo por una ventana al interior. La violentó con suma facilidad sirviéndose de la navaja que siempre llevaba encima. Después husmeó libremente por la casa, a media luz, abriendo gavetas y armarios a su antojo sin importarle si hacía ruido o no pues se sabía solo y eso era algo que le hacía sentirse impune. Se bebió el vino que Costales guardaba en la alacena y, como sintió la vejiga a reventar, no le importó orinarse en la misma alcoba, justo al lado de la cama.
Tal vez fuera el reguero de orín colándose por una rendija del entarimado lo que le hiciera fijarse en el detalle de un listón más limpio y brillante que el resto. Observó que estaba sujeto con clavillos nuevos y le llamó la atención que en los bordes hubiese muescas recientes de las que, al pasar la mano, se desprendieron diminutas astillas. Estaba claro que ese exiguo trozo de tarima había sido recolocado hacía muy poco tiempo y, por eso, ayudándose otra vez de su navaja, comenzó a desclavar el listón confiando en su buena estrella que no tardó en sonreírle de pleno.
En el mismo instante que las veinticinco bolsas repletas de plata aparecieron ante sus narices sonaron de nuevo las campanas de San Pedro. Esta vez fueron seis toques. Una hora exacta había tardado en encontrar los diez mil reales. No estaba mal para llevar holgando varios meses en casa de Alonso Gómez. Se alegró de no haber perdido facultades.
Pero los mismos repiques de San Pedro le impidieron escuchar que la puerta de la casa se abría y que alguien subía las escaleras. Segundo Costales sorprendió al ladrón en plena faena, acariciando todavía las monedas de una de las bolsas abiertas y no pudo resistir el pronto que le dio de abalanzarse sobre quien pretendía robarle. Si hubiese corrido hacia la calle para gritar pidiendo ayuda, el malhechor habría sido capturado, seguramente, sin problemas y su dinero se habría salvado. Pero al acometerlo, el Paco, que estaba borracho, para zafarse le lanzó con la navaja una estocada directa, sin pensárselo dos veces, de suerte que consiguió alcanzarle de lleno el vientre. Y como el pobre Segundo empezara a gritar de puro dolor y también por verse herido, de inmediato le asestó otra, ahora en el cuello, para que callara. La sangre le brotó de las gorjas como si fuera un manantial en primavera. Lo miró yaciendo en el suelo y se dio cuenta de que aún respiraba. Habiendo llegado hasta ahí, qué más le daba ya. Lo mejor era no dejar testigos y por eso le asestó otra media docena de puñaladas en el pecho para asegurarse, poniendo cuidado de que la navaja traspasara la barrera de las costillas.
Después envolvió las veinticinco bolsas con una sábana y se dispuso a salir pero se dio cuenta de que aún era de día. Pensó que si alguien lo veía saltando la tapia estaba perdido pues lo relacionarían de inmediato con la muerte de Costales y acabaría confesando en cuanto le aplicasen tormento. Así pues, concluyó que lo mejor era esperar a que se hiciera de noche.
Se sentó en una silla muy cerca del cadáver y aguardó paciente hasta quedarse completamente dormido. Cuando se despertó habían pasado varias horas y, aunque le dolía la cabeza, ya no estaba borracho. Un cuarto creciente lunar arrojaba algo de luz sobre la sala, la suficiente para reconocer la silueta del malogrado Costales tendido en el suelo. Se dio entonces cuenta de lo que había hecho y, tras cerrar de forma instintiva las contraventanas, huyó de allí despavorido.
Otra vez su buena estrella le ayudó a saltar el muro justo en el momento en que nadie pasaba por la calle pues la noche era fresca y no invitaba al paseo. Cuando se vio libre de esa congoja repentina que le había entrado tras ver el cadáver de su víctima, el Paco se dirigió al yeguarizo de la villa en busca de su caballo. Guardó el botín en las alforjas y decidió que era el momento de volver a casa, pero antes pasó por la taberna de la calle Claveles y por las de la plaza, por todas ellas, en las que volvió a beber vino, esta vez del bueno, acompañado de mujeres de mal vivir a las que pagó con relucientes piezas de a ocho.

Fernando Cartón.

                 Pd.: La imagen corresponde a una pieza de ocho reales (real de a ocho).  
 Otra cuestión: Los nombres, apellidos y apodos están tomados de los habituales en esta zona. Cualquier coincidencia con personas reales de la actualidad es eso, pura coincidencia.

miércoles, 20 de febrero de 2013

De Película


Aunque me creía curado de todos los espantos aún sigo sorprendiéndome de algunas cosas; sobre todo, del tremendo ridículo que algunos y algunas hacen en público sin que la cara se les caiga de vergüenza.
Hace algunos días, no muchos, encendí el televisor como siempre suele hacerse en mi casa a la hora de las comidas pues conservo esa vieja costumbre aprendida de mis padres. No sé si será bueno o malo, pero me gusta enterarme de lo que pasa en el mundo y, por supuesto, me interesa mucho lo que ocurre en mi país (España, sí, Es-pa-ña, lo digo silabeando su nombre ya que no siento pudor alguno al pronunciarlo). El caso es que ese día al que me refiero la televisión pública daba un amplio resumen de la gala de los premios Goya y créanme ustedes si les digo que sentí vergüenza ajena.
Uno tras otro fueron sucediéndose en la tribuna de oradores los actores premiados que, para no variar, siguen sin cambiar el disco de siempre al que ya nos tienen acostumbrados: ese discurso progre y enrollado, de coleguilla quinceañero militante en la Joven Guardia Roja, que busca el aplauso y la lágrima fácil, que confunde originalidad con notoriedad y desconoce por completo el significado de la palabra “hipócrita”.
Esta vez no tocaba esgrimir el “Nunca Mais” y el “No a la guerra”, aunque guerras siga habiendo muchas; eso ya no está de moda. Ahora era la ocasión para que una actriz mediocre que necesita hacer anuncios de hipotecas en la tele se lamentara del drama de los desahucios (¿instados quizás por la misma financiera que paga sus facturas?) buscando así el aplauso fácil de sus semejantes. ¿Se dan ustedes cuenta de la cara que hay que tener?
También era el momento para que una actriz no ya mediocre ni mala, más bien pésima, soltara el rollo lacrimógeno de hospitales sin mantas ni agua potable. ¿Se refería a algún hospital de Burkina Faso o del Kurdistán? Yo también he visto morir a seres queridos en hospitales públicos y, desde luego, no les faltó nunca ni mantas ni comida ni agua ni medicinas ni el calor humano y la atención de buenísimos profesionales. Ya hay que ser retorcido para decir estas cosas…
Lo único cabal que escuché fue la queja del presidente de la Academia por la subida del IVA cultural al 21%. Más razón que un santo.
Desde luego que no escuché ni a la señora de los desahucios ni a la otra  de los hospitales dar las gracias por el montón de millones que el cine español percibe del Estado, es decir, de nuestros impuestos. Si no fuera por las subvenciones el cine español no existiría, aunque a estas alturas de la película, no sé ya qué sería mejor. Aparte de Tadeo Jones, la próxima entrada que saque para una película en la gran pantalla será con la intención de disfrutar viendo a actores de verdad: Jack Nicholson, Robert De Niro, Al Pacino, Jeremy Irons, Meryl Streep o Mel Gibson…  Y no para morirme de asco con las actuaciones ridículas y pueriles de  estos otros aficionados de aquí, siempre tan sobrados y tan llenos de sí mismos (salvo honradas excepciones).
Ruego me perdonen el tono subido de este artículo pero es que me fastidia la gente vanidosa y mediocre que, además de creerse en posesión de la verdad, muerde la mano que le da de comer.

Varo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Pregón de Navidad 2012


Por diversas razones (llegaron tarde, no escucharon bien...) han sido muchos los que me han pedido una copia del Pregón de Navidad. Para ellos y para los que quieran leerlo con calma lo transcribo a continuación: 
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Estimados amigos:
Los que me conocen un poco saben que no suelo confiar nada a la memoria y que me gusta apuntarlo todo para que ningún detalle se me escape. Por eso, siguiendo el ejemplo de aquellos pregoneros que de niño conocí, yo también voy a leer esta especie de bando que he escrito para dar, en nombre de todos ustedes, la bienvenida a la Navidad. Y como no es mi propósito aprovecharme de su benevolencia para soltar aquí un tostón infumable sobre el concepto, los antecedentes y el significado “oficial” de la Navidad -eso pueden encontrarlo ustedes en los libros- si me lo permiten, voy a salirme un poco del guion para hablarles de lo que para mí, ciudadano de este mundo, representa esta época en la que ya nos encontramos: la Navidad.
Y para ello, voy a contarles una historia:
Era un mes de diciembre de finales de los años 60, un día en el que mi madre me llamó para adornar un arbolito verde de plexiglás que mi padre había traído la noche anterior.  Como a cualquier niño a quien el mundo le entra por los ojos, enseguida me fascinaron los brillos de los oropeles, los colores de las bolitas imitando cristal y el tacto suave del papel couché con el que envolvimos diminutas cajas de cartón, como si fueran regalos. Aquella explosión de color en unas navidades que recuerdo en blanco y negro también fascinó a mis hermanos menores y, como cabía esperar, mi madre consiguió su propósito de tenernos entretenidos participando en la tarea. Tan en serio nos tomamos aquel trabajo que el tiempo se nos pasó sin darnos cuenta y al cabo de unas horas, para sorpresa de todos nosotros, la puerta de la casa se abrió y vimos aparecer a mi padre, mucho antes de lo que habitualmente llegaba.
―Papá –le pregunté yo- ¿Por qué llegas hoy tan pronto?― Pero fue mi madre, antes de que mi padre respondiera, quien me contestó:
―Porque la Navidad es mágica ―dijo.
Y después de esa explicación y de unos cuantos abrazos de bienvenida mi padre se nos unió en nuestra tarea del adorno navideño y fue él quien colocó la estrella de Belén en lo más alto del árbol.
Guardo ese momento en mi memoria como si lo hubiese vivido ayer mismo: Mis padres, mis hermanos y yo, lo cinco juntos, alrededor del árbol de Navidad.
Aquella magia de la que hablaba mi madre estuvo todavía presente en las Navidades de unos cuantos años más, los años que me gusta denominar como “de la inocencia y la ilusión”. Esa magia que surtía su máximo efecto con las primeras heladas del otoño hacía sentirme parte principal, incluso protagonista, de un pequeño cosmos familiar en el que todos y cada uno de nosotros teníamos un sitio exacto sin que nadie sobrara y sin que nadie, tampoco, pudiera faltar. Por eso, recién cumplidos los trece años, algunas semanas después de terminar las Navidades de 1976, esa magia que había venido envolviéndome y arropándome se rompió en mil pedazos cuando la mano de un maestro amigo me apartó de la fila de muchachos que volvíamos a clase tras el recreo para comunicarme que mi padre acababa de fallecer. Él, precisamente él, que, como ya dije, de ninguna manera podía faltar cada 24 de diciembre alrededor del árbol. ¿Quién iba a colocar ahora la estrella de Belén?
Así pues, en la Navidad siguiente, mi padre faltó. También me faltó a mí  el coraje para buscar el sentido de las navidades que siguieron, y esos días que en un principio fueron días de familia, de calor de hogar e ilusión se fueron convirtiendo en una simple pausa en mis quehaceres como estudiante que aprovechaba para andar de aquí para allá en mañanas de paseo y noches de copas.
Ruego perdonen mi sinceridad si les digo que en las navidades de 1999 llegué a odiar la Navidad. Aquel año, en la cena de Nochebuena hubo otra silla vacía, la de mi hermano Roberto y, a partir de entonces, la imagen que yo guardaba en la memoria de ese árbol de plexiglás rodeado por todos nosotros se fue difuminando cada vez más hasta convertirse en el esbozo de un sueño, en la sombra de un pasado perdido que nunca jamás podría volver a repetirse…
Y así fueron pasando mis Navidades, una tras otra, como pasa el agua de agosto, sin dejar huella…
Hasta que en un mes de diciembre de no hace mucho tiempo sucedió el milagro. Y sucedió gracias a Marco, mi hijo.
Mi hijo me ha enseñado a recuperar la Navidad. Gracias a él he vuelto a redescubrir esa magia de la que mi madre hablaba y he comprendido que la Navidad, al menos para mí, no son ya unos simples días de vacaciones ni un mero alto en el camino tras el trabajo cotidiano. La Navidad es especial. Es un tiempo de ilusión, de alegría que sale de dentro y yo diría que también de perdón. Es tiempo, más que de festejar, de celebrar, de renovarse, de amar y de dejarse querer. La Navidad es para hacer balance de lo bueno y lo malo y de enmendar aquellos renglones que en su momento, por acción u omisión, no llegamos a escribir a derechas. Y después de ver los ojos de mi hijo al redactar su carta para sus majestades los Reyes de Oriente, creo que la Navidad es también un tiempo de espera y de confianza. Y de compartir… y de solidaridad. Por todo lo anterior, estoy en condiciones de decir que no hay nada más hermoso que una Navidad vivida y mirada a través de los ojos de un niño, y así, cuando permitimos que salga a la luz ese niño que todos llevamos dentro, es cuando la magia blanca de la Navidad te alcanza y verdaderamente logras sentirte en paz, contigo mismo y con el mundo.
A todos los hombres y mujeres de buena voluntad que me habéis escuchado os deseo, desde lo más profundo de mi corazón, unas felices navidades y lo mejor para el año nuevo.

Fernando Cartón Sancho.

viernes, 26 de octubre de 2012

Ad Romae Reparationem

















Voy a transcribir un mensaje que me ha llegado, relativo a mi anterior post, el titulado "Políticos de antes, políticos de ahora". Como su contenido es interesante prefiero colgarlo aquí, en vez de contestarlo con un simple comentario. Siento que su autor haya preferido no identificarse.

Me temo que no es tan bonito como lo pintas. Como bien dices, los cargos romanos no cobraban "de manera directa" y ademas tenian que pagar festejos y demas, pero de donde salia todo ese dinero, ¿acaso les manaba de un pozo?. Evidentemente lo obtenian de ejercer el poder y viceversa. 
Vamos que los cargos no se cubrian por competencia sino por pagar por ellos, por lo que tenemos claro quien los ejercia. (Un paralelismo en nuestros dias, lo tebnemos en los candidatos del partido republicano de EEUU a la casa blanca que son todos millonarios) 

Y ya solo recordar que en dichoso imperio americano, perdon romano, su economina se basaba en la esclavitud. Todo un ejemplo a seguir. 

tambien seria 


Pues fíjate si su ejemplo se habrá seguido que aún continuamos viviendo de las rentas, quiero decir, del legado que Roma dejó en la Historia. Ahí está el Derecho Romano, del que el nuestro no es más que una mala copia. Ahí están sus vías de comunicación, sus calzadas, bajo nuestras autopistas. Sus obras de ingeniería, que llevan dos mil años dando servicio a los ciudadanos. ¿Aguantarán los puentes de hormigón construidos por la Diputación de Zamora el mismo tiempo? Ahí está su forma de entender la vida, tan distinta a la del Norte, no sé si mejor o peor, pero, desde luego, es una forma muy parecida a la que yo tengo y, seguramente, a la que tú también tienes.
A Roma no hay que mirarla con ojos economicistas; al menos, no sólo con esos ojos. Ni se le puede achacar ser una civilización esclavista. Recuerda que Fray Bartolomé de las Casas, a quien tanto han seguido los creadores de la Leyenda Negra, proponía sustituir a los esclavos indios por otros negros, ya que éstos últimos (decía él) no podían ser considerados como personas con alma, mientas que aquellos sí. Te quiero decir que la esclavitud era una institución plenamente aceptada en el mundo antiguo y admitida en los textos sagrados de todas las civilizaciones como la Biblia, los evangelios, y hasta los Vedas de la India. El Corán, aunque se propuso mitigar la institución de la esclavitud, ni la condena ni la cuestiona. Por ello, fue precisamente, Roma -aunque esclavista- quien tuvo el mérito de ser la primera civilización que se ocupó de suavizar el "ius vitaequenecis" del paterfamilias romano sobre sus esclavos. Y así, reguló instituciones como la manumissio y varios crímina y edictos pretorios que protegían la vida del esclavo ante las arbitrariedades de sus amos; se dictaron edictos, decretos y leyes como la Lex Iuna Norbana que concedió la ciudadanía latina a  los manumitidos en situación irregular, sin las solemnidades propias de la manumissio (de facto, supuso lo que ahora habríamos llamado "una regularización", como las que hacía el ministro Caldera, pero sin "efecto llamada").  Y desde luego, no estoy de acuerdo con tu afirmación de que la economía de Roma se basara en la esclavitud. Eso es algo tan simple como mi post anterior, que sólo pretendía mostrar actitudes. En la economía romana, la esclavitud era una institución importante pero no la más importante. No podemos desconocer la labor económica del "autónomo" romano, es decir, del ciudadano libre romano (artesanos, médicos, soldados, profesionales e, incluso, campesinos con tierras propias), que eran los que creaban riqueza y, además, de nada hubiera servido una fuerza de trabajo gratuita (los esclavos) si no hubieran existido unas ideas y unos líderes geniales que la dirigieran. Precisamente, el fin de Roma llegó cuando faltaron esas ideas o ideales y, sobre todo, cuando faltaronr esos líderes, aunque los esclavos siguieran existiendo. Por cierto, los bárbaros que destruyeron Roma también traían sus esclavos... Y los árabes que destruyeron a esos bárbaros, también, por mucho que el Corán pretendiera mitigar las consecuencias de la esclavitud (y si no, que se lo pregunten a los esclavos zanj -zanj=negro- que protagonizaron en Irak, en el siglo IX, una rebelión sólo comparable a la de Espartaco en Roma, bastantes siglos antes.
Mira a tu alrededor y verás a Roma por todas partes: en la forma de trabajar los campos, en el trazado de muchas ciudades, en las escrituras de tu casa, en el nombre de tu pueblo y hasta en el idioma que hablas.
Varo.

P.D.: Y para que no sirva de precedente ya digo que no publicaré más mensajes anónimos. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Políticos de antes, políticos de ahora.


En los tiempos de la vieja Roma, la gratuidad era una de las características esenciales de todas y cada una de las magistraturas. Es decir, que pretores, cuestores, cónsules, tribunos de la plebe, censores e, incluso, los dictadores de tiempos de crisis no cobraban ni un duro, quiero decir, ni un sestercio. O lo que es lo mismo: aquella élite política de dirigentes, por amor al arte, hizo de Roma el único imperio histórico no superado aún, conceptualmente hablando.
Resulta, por otro lado, que además de no cobrar, el cargo siempre era gravoso para el magistrado, es decir, para el político romano. Con cargo a su patrimonio personal costeaba juegos, espectáculos, obras públicas; acuñaba moneda de plata y oro (la de bronce se reservaba al Senado), mantenía unidades militares... Por poner un ejemplo, la Legión V “Alaudae”, formada por unos cinco mil galos trasalpinos fue reclutada por Julio César, quien pagó de su bolsillo a los soldados que la componían durante una buena parte del tiempo que duró la conquista de la Galia. Otro tanto hicieron Marco Antonio, y Pompeyo.
Este principio de la gratuidad en el ejercicio del poder político se mantuvo intacto –como afirma A. Torrent, mi catedrático de Derecho Romano- hasta el final y sólo se  suavizó concediendo a los magistrados (a los políticos) el importe de los gastos de cuantos viajes hicieran, previa justificación o “censura”. Así pues, quien se metía en política buscaba el poder, por sí mismo o por otro tipo de ventajas distintas a las económicas.
Otra de las características de las magistraturas romanas era la RESPONSABILIDAD:
Por el hecho de haber llegado a magistrado, un ciudadano romano no quedaba exonerado de la legalidad. Si bien durante el ejercicio de su mandato sus decisiones debían ser acatadas, cuando éste finalizaba respondían, incluso con su patrimonio privado, de todos los actos lesivos que hubiesen cometido contra los derechos privados y los del Estado. No se consideraba admisible que un magistrado, durante el tiempo de su mandato, pudiese ser llevado a un tribunal, pero al finalizar su cargo y convertirse, otra vez, en ciudadano de a pie, respondía con toda su fortuna. Así, claro está, procuraban hacer las cosas bien.
Si cuento toda esta retahíla es porque, en realidad, quería haber hablado de otros políticos muy distintos a los romanos; de nuestros políticos y de la crisis moral de buena parte de la clase política de este país. Pero, por no ponerme de mal humor, mejor será que lo deje para otro día. Por el momento, con los datos que les he dado, vayan comparando ustedes entre unos y otros, entre los de entonces y los de ahora.
Varo.