miércoles, 20 de febrero de 2013

De Película


Aunque me creía curado de todos los espantos aún sigo sorprendiéndome de algunas cosas; sobre todo, del tremendo ridículo que algunos y algunas hacen en público sin que la cara se les caiga de vergüenza.
Hace algunos días, no muchos, encendí el televisor como siempre suele hacerse en mi casa a la hora de las comidas pues conservo esa vieja costumbre aprendida de mis padres. No sé si será bueno o malo, pero me gusta enterarme de lo que pasa en el mundo y, por supuesto, me interesa mucho lo que ocurre en mi país (España, sí, Es-pa-ña, lo digo silabeando su nombre ya que no siento pudor alguno al pronunciarlo). El caso es que ese día al que me refiero la televisión pública daba un amplio resumen de la gala de los premios Goya y créanme ustedes si les digo que sentí vergüenza ajena.
Uno tras otro fueron sucediéndose en la tribuna de oradores los actores premiados que, para no variar, siguen sin cambiar el disco de siempre al que ya nos tienen acostumbrados: ese discurso progre y enrollado, de coleguilla quinceañero militante en la Joven Guardia Roja, que busca el aplauso y la lágrima fácil, que confunde originalidad con notoriedad y desconoce por completo el significado de la palabra “hipócrita”.
Esta vez no tocaba esgrimir el “Nunca Mais” y el “No a la guerra”, aunque guerras siga habiendo muchas; eso ya no está de moda. Ahora era la ocasión para que una actriz mediocre que necesita hacer anuncios de hipotecas en la tele se lamentara del drama de los desahucios (¿instados quizás por la misma financiera que paga sus facturas?) buscando así el aplauso fácil de sus semejantes. ¿Se dan ustedes cuenta de la cara que hay que tener?
También era el momento para que una actriz no ya mediocre ni mala, más bien pésima, soltara el rollo lacrimógeno de hospitales sin mantas ni agua potable. ¿Se refería a algún hospital de Burkina Faso o del Kurdistán? Yo también he visto morir a seres queridos en hospitales públicos y, desde luego, no les faltó nunca ni mantas ni comida ni agua ni medicinas ni el calor humano y la atención de buenísimos profesionales. Ya hay que ser retorcido para decir estas cosas…
Lo único cabal que escuché fue la queja del presidente de la Academia por la subida del IVA cultural al 21%. Más razón que un santo.
Desde luego que no escuché ni a la señora de los desahucios ni a la otra  de los hospitales dar las gracias por el montón de millones que el cine español percibe del Estado, es decir, de nuestros impuestos. Si no fuera por las subvenciones el cine español no existiría, aunque a estas alturas de la película, no sé ya qué sería mejor. Aparte de Tadeo Jones, la próxima entrada que saque para una película en la gran pantalla será con la intención de disfrutar viendo a actores de verdad: Jack Nicholson, Robert De Niro, Al Pacino, Jeremy Irons, Meryl Streep o Mel Gibson…  Y no para morirme de asco con las actuaciones ridículas y pueriles de  estos otros aficionados de aquí, siempre tan sobrados y tan llenos de sí mismos (salvo honradas excepciones).
Ruego me perdonen el tono subido de este artículo pero es que me fastidia la gente vanidosa y mediocre que, además de creerse en posesión de la verdad, muerde la mano que le da de comer.

Varo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Pregón de Navidad 2012


Por diversas razones (llegaron tarde, no escucharon bien...) han sido muchos los que me han pedido una copia del Pregón de Navidad. Para ellos y para los que quieran leerlo con calma lo transcribo a continuación: 
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Estimados amigos:
Los que me conocen un poco saben que no suelo confiar nada a la memoria y que me gusta apuntarlo todo para que ningún detalle se me escape. Por eso, siguiendo el ejemplo de aquellos pregoneros que de niño conocí, yo también voy a leer esta especie de bando que he escrito para dar, en nombre de todos ustedes, la bienvenida a la Navidad. Y como no es mi propósito aprovecharme de su benevolencia para soltar aquí un tostón infumable sobre el concepto, los antecedentes y el significado “oficial” de la Navidad -eso pueden encontrarlo ustedes en los libros- si me lo permiten, voy a salirme un poco del guion para hablarles de lo que para mí, ciudadano de este mundo, representa esta época en la que ya nos encontramos: la Navidad.
Y para ello, voy a contarles una historia:
Era un mes de diciembre de finales de los años 60, un día en el que mi madre me llamó para adornar un arbolito verde de plexiglás que mi padre había traído la noche anterior.  Como a cualquier niño a quien el mundo le entra por los ojos, enseguida me fascinaron los brillos de los oropeles, los colores de las bolitas imitando cristal y el tacto suave del papel couché con el que envolvimos diminutas cajas de cartón, como si fueran regalos. Aquella explosión de color en unas navidades que recuerdo en blanco y negro también fascinó a mis hermanos menores y, como cabía esperar, mi madre consiguió su propósito de tenernos entretenidos participando en la tarea. Tan en serio nos tomamos aquel trabajo que el tiempo se nos pasó sin darnos cuenta y al cabo de unas horas, para sorpresa de todos nosotros, la puerta de la casa se abrió y vimos aparecer a mi padre, mucho antes de lo que habitualmente llegaba.
―Papá –le pregunté yo- ¿Por qué llegas hoy tan pronto?― Pero fue mi madre, antes de que mi padre respondiera, quien me contestó:
―Porque la Navidad es mágica ―dijo.
Y después de esa explicación y de unos cuantos abrazos de bienvenida mi padre se nos unió en nuestra tarea del adorno navideño y fue él quien colocó la estrella de Belén en lo más alto del árbol.
Guardo ese momento en mi memoria como si lo hubiese vivido ayer mismo: Mis padres, mis hermanos y yo, lo cinco juntos, alrededor del árbol de Navidad.
Aquella magia de la que hablaba mi madre estuvo todavía presente en las Navidades de unos cuantos años más, los años que me gusta denominar como “de la inocencia y la ilusión”. Esa magia que surtía su máximo efecto con las primeras heladas del otoño hacía sentirme parte principal, incluso protagonista, de un pequeño cosmos familiar en el que todos y cada uno de nosotros teníamos un sitio exacto sin que nadie sobrara y sin que nadie, tampoco, pudiera faltar. Por eso, recién cumplidos los trece años, algunas semanas después de terminar las Navidades de 1976, esa magia que había venido envolviéndome y arropándome se rompió en mil pedazos cuando la mano de un maestro amigo me apartó de la fila de muchachos que volvíamos a clase tras el recreo para comunicarme que mi padre acababa de fallecer. Él, precisamente él, que, como ya dije, de ninguna manera podía faltar cada 24 de diciembre alrededor del árbol. ¿Quién iba a colocar ahora la estrella de Belén?
Así pues, en la Navidad siguiente, mi padre faltó. También me faltó a mí  el coraje para buscar el sentido de las navidades que siguieron, y esos días que en un principio fueron días de familia, de calor de hogar e ilusión se fueron convirtiendo en una simple pausa en mis quehaceres como estudiante que aprovechaba para andar de aquí para allá en mañanas de paseo y noches de copas.
Ruego perdonen mi sinceridad si les digo que en las navidades de 1999 llegué a odiar la Navidad. Aquel año, en la cena de Nochebuena hubo otra silla vacía, la de mi hermano Roberto y, a partir de entonces, la imagen que yo guardaba en la memoria de ese árbol de plexiglás rodeado por todos nosotros se fue difuminando cada vez más hasta convertirse en el esbozo de un sueño, en la sombra de un pasado perdido que nunca jamás podría volver a repetirse…
Y así fueron pasando mis Navidades, una tras otra, como pasa el agua de agosto, sin dejar huella…
Hasta que en un mes de diciembre de no hace mucho tiempo sucedió el milagro. Y sucedió gracias a Marco, mi hijo.
Mi hijo me ha enseñado a recuperar la Navidad. Gracias a él he vuelto a redescubrir esa magia de la que mi madre hablaba y he comprendido que la Navidad, al menos para mí, no son ya unos simples días de vacaciones ni un mero alto en el camino tras el trabajo cotidiano. La Navidad es especial. Es un tiempo de ilusión, de alegría que sale de dentro y yo diría que también de perdón. Es tiempo, más que de festejar, de celebrar, de renovarse, de amar y de dejarse querer. La Navidad es para hacer balance de lo bueno y lo malo y de enmendar aquellos renglones que en su momento, por acción u omisión, no llegamos a escribir a derechas. Y después de ver los ojos de mi hijo al redactar su carta para sus majestades los Reyes de Oriente, creo que la Navidad es también un tiempo de espera y de confianza. Y de compartir… y de solidaridad. Por todo lo anterior, estoy en condiciones de decir que no hay nada más hermoso que una Navidad vivida y mirada a través de los ojos de un niño, y así, cuando permitimos que salga a la luz ese niño que todos llevamos dentro, es cuando la magia blanca de la Navidad te alcanza y verdaderamente logras sentirte en paz, contigo mismo y con el mundo.
A todos los hombres y mujeres de buena voluntad que me habéis escuchado os deseo, desde lo más profundo de mi corazón, unas felices navidades y lo mejor para el año nuevo.

Fernando Cartón Sancho.

viernes, 26 de octubre de 2012

Ad Romae Reparationem

















Voy a transcribir un mensaje que me ha llegado, relativo a mi anterior post, el titulado "Políticos de antes, políticos de ahora". Como su contenido es interesante prefiero colgarlo aquí, en vez de contestarlo con un simple comentario. Siento que su autor haya preferido no identificarse.

Me temo que no es tan bonito como lo pintas. Como bien dices, los cargos romanos no cobraban "de manera directa" y ademas tenian que pagar festejos y demas, pero de donde salia todo ese dinero, ¿acaso les manaba de un pozo?. Evidentemente lo obtenian de ejercer el poder y viceversa. 
Vamos que los cargos no se cubrian por competencia sino por pagar por ellos, por lo que tenemos claro quien los ejercia. (Un paralelismo en nuestros dias, lo tebnemos en los candidatos del partido republicano de EEUU a la casa blanca que son todos millonarios) 

Y ya solo recordar que en dichoso imperio americano, perdon romano, su economina se basaba en la esclavitud. Todo un ejemplo a seguir. 

tambien seria 


Pues fíjate si su ejemplo se habrá seguido que aún continuamos viviendo de las rentas, quiero decir, del legado que Roma dejó en la Historia. Ahí está el Derecho Romano, del que el nuestro no es más que una mala copia. Ahí están sus vías de comunicación, sus calzadas, bajo nuestras autopistas. Sus obras de ingeniería, que llevan dos mil años dando servicio a los ciudadanos. ¿Aguantarán los puentes de hormigón construidos por la Diputación de Zamora el mismo tiempo? Ahí está su forma de entender la vida, tan distinta a la del Norte, no sé si mejor o peor, pero, desde luego, es una forma muy parecida a la que yo tengo y, seguramente, a la que tú también tienes.
A Roma no hay que mirarla con ojos economicistas; al menos, no sólo con esos ojos. Ni se le puede achacar ser una civilización esclavista. Recuerda que Fray Bartolomé de las Casas, a quien tanto han seguido los creadores de la Leyenda Negra, proponía sustituir a los esclavos indios por otros negros, ya que éstos últimos (decía él) no podían ser considerados como personas con alma, mientas que aquellos sí. Te quiero decir que la esclavitud era una institución plenamente aceptada en el mundo antiguo y admitida en los textos sagrados de todas las civilizaciones como la Biblia, los evangelios, y hasta los Vedas de la India. El Corán, aunque se propuso mitigar la institución de la esclavitud, ni la condena ni la cuestiona. Por ello, fue precisamente, Roma -aunque esclavista- quien tuvo el mérito de ser la primera civilización que se ocupó de suavizar el "ius vitaequenecis" del paterfamilias romano sobre sus esclavos. Y así, reguló instituciones como la manumissio y varios crímina y edictos pretorios que protegían la vida del esclavo ante las arbitrariedades de sus amos; se dictaron edictos, decretos y leyes como la Lex Iuna Norbana que concedió la ciudadanía latina a  los manumitidos en situación irregular, sin las solemnidades propias de la manumissio (de facto, supuso lo que ahora habríamos llamado "una regularización", como las que hacía el ministro Caldera, pero sin "efecto llamada").  Y desde luego, no estoy de acuerdo con tu afirmación de que la economía de Roma se basara en la esclavitud. Eso es algo tan simple como mi post anterior, que sólo pretendía mostrar actitudes. En la economía romana, la esclavitud era una institución importante pero no la más importante. No podemos desconocer la labor económica del "autónomo" romano, es decir, del ciudadano libre romano (artesanos, médicos, soldados, profesionales e, incluso, campesinos con tierras propias), que eran los que creaban riqueza y, además, de nada hubiera servido una fuerza de trabajo gratuita (los esclavos) si no hubieran existido unas ideas y unos líderes geniales que la dirigieran. Precisamente, el fin de Roma llegó cuando faltaron esas ideas o ideales y, sobre todo, cuando faltaronr esos líderes, aunque los esclavos siguieran existiendo. Por cierto, los bárbaros que destruyeron Roma también traían sus esclavos... Y los árabes que destruyeron a esos bárbaros, también, por mucho que el Corán pretendiera mitigar las consecuencias de la esclavitud (y si no, que se lo pregunten a los esclavos zanj -zanj=negro- que protagonizaron en Irak, en el siglo IX, una rebelión sólo comparable a la de Espartaco en Roma, bastantes siglos antes.
Mira a tu alrededor y verás a Roma por todas partes: en la forma de trabajar los campos, en el trazado de muchas ciudades, en las escrituras de tu casa, en el nombre de tu pueblo y hasta en el idioma que hablas.
Varo.

P.D.: Y para que no sirva de precedente ya digo que no publicaré más mensajes anónimos. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Políticos de antes, políticos de ahora.


En los tiempos de la vieja Roma, la gratuidad era una de las características esenciales de todas y cada una de las magistraturas. Es decir, que pretores, cuestores, cónsules, tribunos de la plebe, censores e, incluso, los dictadores de tiempos de crisis no cobraban ni un duro, quiero decir, ni un sestercio. O lo que es lo mismo: aquella élite política de dirigentes, por amor al arte, hizo de Roma el único imperio histórico no superado aún, conceptualmente hablando.
Resulta, por otro lado, que además de no cobrar, el cargo siempre era gravoso para el magistrado, es decir, para el político romano. Con cargo a su patrimonio personal costeaba juegos, espectáculos, obras públicas; acuñaba moneda de plata y oro (la de bronce se reservaba al Senado), mantenía unidades militares... Por poner un ejemplo, la Legión V “Alaudae”, formada por unos cinco mil galos trasalpinos fue reclutada por Julio César, quien pagó de su bolsillo a los soldados que la componían durante una buena parte del tiempo que duró la conquista de la Galia. Otro tanto hicieron Marco Antonio, y Pompeyo.
Este principio de la gratuidad en el ejercicio del poder político se mantuvo intacto –como afirma A. Torrent, mi catedrático de Derecho Romano- hasta el final y sólo se  suavizó concediendo a los magistrados (a los políticos) el importe de los gastos de cuantos viajes hicieran, previa justificación o “censura”. Así pues, quien se metía en política buscaba el poder, por sí mismo o por otro tipo de ventajas distintas a las económicas.
Otra de las características de las magistraturas romanas era la RESPONSABILIDAD:
Por el hecho de haber llegado a magistrado, un ciudadano romano no quedaba exonerado de la legalidad. Si bien durante el ejercicio de su mandato sus decisiones debían ser acatadas, cuando éste finalizaba respondían, incluso con su patrimonio privado, de todos los actos lesivos que hubiesen cometido contra los derechos privados y los del Estado. No se consideraba admisible que un magistrado, durante el tiempo de su mandato, pudiese ser llevado a un tribunal, pero al finalizar su cargo y convertirse, otra vez, en ciudadano de a pie, respondía con toda su fortuna. Así, claro está, procuraban hacer las cosas bien.
Si cuento toda esta retahíla es porque, en realidad, quería haber hablado de otros políticos muy distintos a los romanos; de nuestros políticos y de la crisis moral de buena parte de la clase política de este país. Pero, por no ponerme de mal humor, mejor será que lo deje para otro día. Por el momento, con los datos que les he dado, vayan comparando ustedes entre unos y otros, entre los de entonces y los de ahora.
Varo.

martes, 28 de agosto de 2012

El faro del fin del mundo

A los pocos días de haber levado anclas, una impresionante tormenta sorprendió a La Grande y Felicísima Armada provocando la dispersión de escuadras y embarcaciones. Poco a poco las naves fueron llegando a la ciudad y puerto de La Coruña, donde permanecieron hasta bien entrado el mes de julio de 1588. Fueron casi dos meses de escala obligada que provocaron un retraso enorme en la empresa de Inglaterra, determinante de su resultado.
Estoy seguro que lo primero que vieron los protagonistas de mi novela al acercarse a la costa coruñesa fue este faro, la Torre de Hércules, desafiando el Mar de Afuera, siempre tan bravo y enigmático. Por eso, siguiendo sus pasos, quise yo acercarme a esta hermosa ciudad de La Coruña para beber de las fuentes que me han aproximado con precisión al contexto temporal de este relato.
Sin embargo, en la villa, otra historia paralela va teniendo lugar en medio de un mar estepario de encinares y campos de cereal.
Quería anunciar que ya me queda muy poco para concluir y que, quizás por eso, por haberme concentrado en la novela, tengo este cuaderno de bitácora dejado de la mano de Dios. 
Varo.

lunes, 7 de mayo de 2012

El pecado de vivir en un pueblo




Las nuevas que llegan, como ya viene siendo habitual, no son buenas. Nada buenas. Se trata de la supresión del partido judicial de Villalpando, un partido histórico que existe desde que se crearon los partidos judiciales, allá por el siglo XIX.
El último invento que se les ha ocurrido en el Ministerio de Justicia es el de reducir los partidos judiciales existentes en España (unos 430) a poco menos de la mitad. Las razones que se aducen son, entre otras, la optimización de recursos, la concentración de medios y un supuesto ahorro de costes. Esta supresión de demarcaciones judiciales es necesaria –dicen- porque el concepto de “partido judicial” es un algo caduco y obsoleto que no responde ya a las necesidades de la población española. Y otra vez, nuestros políticos y algunos teóricos –peces gordos- de la judicatura miran a modelos como el alemán, que concentra en las grandes ciudades el Servicio Público de la Administración de Justicia.
Puede que la cuestión de suprimir partidos judiciales para concentrarlos en las capitales de provincia sea una idea muy brillante para defender en una tesis doctoral, pero eso, llevado a la práctica, es algo que no deja de ser un agravio al mundo rural, una bofetada, una discriminación hacia todos aquellos que cometieron el pecado de vivir en un pueblo. Y además, resulta que nosotros no somos alemanes. Ni tenemos los sueldos ni los servicios públicos de los alemanes.
Y yo me pregunto: ¿No tenemos derecho a los mismos servicios que aquellos que viven en la ciudad? ¿Nuestros impuestos no son los mismos que en el mundo urbano? ¿O es que resulta que hay dos clases de ciudadanos y a los de los pueblos no ha tocado militar en la segunda división? Dentro de poco nos dirán que, para optimizar recursos, hay que concentrar todos los colegios en las capitales de provincia y se llevarán a nuestros hijos en autobuses a las cinco de la mañana. O, incluso, concentrarán los centros médicos y cuando necesitemos un simple jarabe para la tos tendremos que desplazarnos y sacar un ticket, como en una pescadería, para que nos atiendan en el macro hospital de la ciudad. Y luego quieren “fijar población” en los núcleos rurales… ¿Pero cómo se va a quedar la gente a vivir en el pueblo si no le dan servicios? La Administración de Justicia es uno de esos servicios públicos esenciales que no deben faltar en cualquier zona, incluida la nuestra, por muy rural que sea. Y que no me cuenten chorradas: que si la “optimización de recursos”, que si  el “modelo alemán…” Mire usted, yo prefiero el “modelo finlandés” que juzga y mete en la cárcel a los políticos que se equivocan.
No hace ni cuatro años que el Ministerio de Justicia invirtió una cantidad de dinero irreverente en el edificio del Juzgado de Villalpando. Tan irreverente que no me acuerdo cuántos cientos de millones (de pesetas) fueron los que se gastaron. Y vuelvo a preguntarme: ¿para qué lo hicieron si lo querían suprimir? ¿Hace tres años y medio respondía a una necesidad social y ahora ya no?
Si esta reforma se llevara a cabo no tardarían en caer otros servicios que tiene Villalpando y su comarca: la Notaría, el Registro de la Propiedad… Muchos puestos de trabajo. En muy poco tiempo veríamos cómo quedamos reducidos a la nada existencial, al rango de villorrio decadente en el que ese ambiente capitalino del que Villalpando goza todavía muchos diarios, cuando su plaza se anima al cruzarla testigos, partes, abogados, procuradores, funcionarios… tras los juicios, ese ambiente, digo, quedaría sólo en la memoria de los que pensamos que vivir en un pueblo como éste era posible. Y la verdad es que me indigna. 
Varo.
P.D.: Todo lo dicho anteriormente valdría para Benavente y Toro, a quienes también quieren borrar del mapa. 

miércoles, 4 de abril de 2012

La Ciudad de los Ojos Grises

Hace ya algunos días terminé la lectura de La Ciudad de los Ojos Grises, la nueva novela del escritor Félix González Modroño. Como aún no está en las librerías y como no quiero condicionar la opinión de nadie, de momento no voy a dar la mía aquí. Voy a atener sobrada ocasión de darla el próximo sábado día 7 de abril, en la primera presentación oficial de esta novela. En el salón de actos del Ayuntamiento, además del autor, estaremos Luciano López y yo. Espero verles por allí. Seguro que va a merecer la pena.
Varo.